No acostumbro a copiar textos ajenos (desde luego, no sin citar la fuente) más por vergüenza torera que por otra cosa. Lo que ahora ocurre es que, dada mi sequía creativa, que no de talento por lo que de perenne tiene ésta última, hoy me dedicaré a saquear sin ánimo de lucro (no sea que el gobierno de este país se empeñe en darme a mí también ciento cincuenta mil milloncejos) y cual golfo apandador aquellas ideas que me parezcan las mejores por uno u otro motivo. O las peores, que por contraposición acaban teniendo en el lector inteligente idéntico efecto. Y lo haré con el único y egoísta fin de que no me emigre a otros blogs más fecundos mi paciente y nunca suficientemente ponderado lectorado. Después de estas gilipolleces, tan innecesarias como absolutamente innecesarias, el texto expropiado:
"Cuando digo que este país es una mierda, algún lector elemental y patriotero se rebota. Hoy tengo intención de decirlo de nuevo, así que vayan preparando sellos. Encima hago doblete, pues voy a implicar otra vez a Javier Marías, que tras haberse comido el marrón de mis feminatas cabreadas, acusado de machista –¿acaso no se mata a los caballos?–, va a comerse también, me temo, la etiqueta de xenófobo y racista. Y es que, con amigos como yo, el rey de Redonda no necesita enemigos. Madrid, jueves. Noche agradable, que invita al paseo. Encorbatados y razonablemente elegantes, pues venimos de la Real Academia Española, Javier y yo intentamos convencer al profesor Rico –el de la edición anotada y definitiva del Quijote– de que el hotel donde se aloja es un picadero gay. Lo hacemos con tan persuasiva seriedad que por un momento casi lo conseguimos; pero el exceso de coña hace que, al cabo, Paco Rico descorne la flor y nos mande a hacer puñetas. Que os den, dice. Y se mete en el hotel. Seguimos camino Javier y yo, risueños y cargados con bolsas llenas de libros. Bolsas grandes, azules, con el emblema de la RAE. Cada uno de nosotros lleva una en cada mano. Así cruzamos la parte alta de la calle Carretas, camino de la Plaza Mayor. Imaginen –visualicen, como se dice ahora– la escena. Capital de España. Dos señores académicos con chaqueta y corbata, cargados con libros, hablando de sus cosas. Del pretérito pluscuamperfecto, por ejemplo. En ese momento pasamos junto a dos individuos con cara de indios que esperan el autobús. Inmigrantes hispanoamericanos. Uno de ellos, clavado a Evo Morales, tiene en las manos un vaso de plástico, y yo apostaría el brazo incorrupto de don Ramón Menéndez Pidal a que lo que hay dentro no es agua. En ésas, cuando pasamos a su altura, el apache del vaso, con talante agresivo y muy mala leche, nos grita: «¡Abajo el Pepé!… ¡Abajo el Pepé!». Y cuando, estupefactos, nos volvemos a mirarlo, añade, casi escupiendo: «¡Cabrones!». Me paro instintivamente. No doy crédito. «¡Pepé, cabrones!», repite el indio guaraní, o de donde sea, con odio indescriptible. Durante tres segundos observo su cara desencajada, considerando la posibilidad de dejar las bolsas en el suelo y tirarle un viaje. Compréndanme: viejos reflejos de otros tiempos. Pero el sentido común y los años terminan por hacerte asquerosamente razonable. Tengo cincuenta y siete tacos de almanaque, concluyo, voy vestido con traje y corbata y llevo zapatos con suela lisa de material. Mis posibilidades callejeras frente a un sioux de menos de cuarenta son relativas, a no ser que yo madrugue mucho o Caballo Loco vaya muy mamado. Sin contar posibles navajas, que alguno es dado a ello. Además tiene un colega, aunque nosotros somos dos. Podría, quizás, endiñarle al subnormal con las llaves en el careto y luego ver qué pasa con el otro; pero acabara la cosa como acabara –seguramente, mal para Marías y para mí–, incluso en el mejor de los casos, con todo a favor, hay cosas que ya no pueden hacerse. No aquí, desde luego. No en este país miserable. Imaginen los titulares de los periódicos al día siguiente: «El chulo de Pérez-Reverte y el macarra de Marías se dan de hostias en la calle con unos inmigrantes». «Xenofobia en la RAE.» «Dos prepotentes académicos racistas, machistas y fascistas apalean salvajemente a dos inmigrantes.» Aunque aún podría ser peor, claro: «Marías y Reverte, apaleados, apuñalados e incluso sodomizados por dos indefensos inmigrantes». Marías parece compartir tales conclusiones, pues sigue caminando. A envainársela tocan. Lo alcanzo, resignado, y llegamos a la Plaza Mayor rumiando el asunto. «Es curioso –dice pensativo–. A mí tío, republicano de toda la vida, lo insultaban por la calle, durante la República, por llevar corbata.» Yo voy callado, tragándome aún la adrenalina. Quién va a respetar nada en esta España de mierda, me digo. Cualquier analfabeto que llegue y vea el panorama, que oiga a los políticos arrojarse basura unos a otros, que observe la facilidad con la que aquí se calumnia, se apalea, se atizan rencores sociales e históricos, tiene a la fuerza que contagiarse del ambiente. Del discurso bárbaro y elemental que sustituye a todo razonamiento inteligente. De la demagogia infame, la ruindad, el oportunismo y la mala índole de la vil gentuza que nos gobierna y nos envenena. Ésta es casa franca, donde todo vale. Donde todos tenemos derecho a todo. Cualquier recién llegado aprende en seguida que tiene garantizada la impunidad absoluta. Y pobre de quien le llame la atención, o le ponga la mano encima. O tan siquiera se defienda. Así que ya saben, señoras y caballeros. Ojito con las corbatas y con todo lo demás cuando salgan de la RAE, o de donde salgan. Nos esperan años interesantes. Tiempos de gloria."
Atribuido a Arturo Pérez-Reverte. Por confirmar. (N. del A: Confirmado el 16/11/08).
Ahora el otro texto:
"Me interpela un lector algo –o muy– dolido porque de vez en cuando aludo a España como este país de mierda. El citado lector, que sin duda tiene un sentimiento patriótico susceptible y no mucha agudeza leyendo entre líneas, pero está en su derecho, considera que me paso varios pueblos y una gasolinera. Le extraña, por otra parte, y me lo comunica con acidez, que alguien que, como el arriba firmante, ha escrito algunas novelas con trasfondo histórico, y que además parece complacerse en recuperar episodios olvidados de nuestra Historia en esta misma página, sea tan brutal a la hora de referirse a la tierra y a los individuos que de una u otra forma, le gusten o no, son su patria y sus compatriotas. La verdad es que podría, perfectamente, escaquearme diciendo que cada cual tiene perfecto derecho a hablar con dureza de aquello que ama, precisamente porque lo ama. Y que cuando abro un libro de Historia y observo ciertos atroces paralelismos con la España de hoy, o con la de siempre, y comprendo mejor lo que fuimos y lo que somos, me duelen las asaduras. Aunque, la verdad, ya ni siquiera duelen. Al menos no como antes, cuando creía que la estupidez, la incultura, la insolidaridad, la ancestral mala baba que nos gastamos aquí, tenían arreglo. La edad y las canas ponen las cosas en su sitio: ahora sé que esto no lo arregla nadie. España es uno de los países más afortunados del mundo, y al mismo tiempo el más estúpido. Aquí vivimos como en ningún otro lugar de Europa, y la prueba es que los guiris saben dónde calentarse los huesos. Lo tenemos todo, pero nos gusta reventarlo. Hablo de ustedes y de mí. Nuestra envilecida y analfabeta clase política, nuestros caciques territoriales, nuestros obispos siniestros, nuestra infame educación, nuestras ministras idiotas del miembro y de la miembra, son reflejo de la sociedad que los elige, los aplaude, los disfruta y los soporta. Y parece mentira. Con la de gente que hemos fusilado aquí a lo largo de nuestra historia, y siempre fue a la gente equivocada. A los infelices pillados en medio. Quizá porque quienes fusilan, da igual en qué bando estén, siempre son los mismos. Pero me estoy metiendo en jardines complejos, oigan. El que quiera tener su opinión sobre todo eso, acertada o no, pero suya y no de otros, que lea y mire. Y si no, que se conforme con Operación Triunfo, con Corazón Rosa o con Operación Top Model, o como se llamen, y le vayan dando. Cada cual tiene lo que, en fin, etcétera. Ya saben. Por mi parte, como todavía me permiten y pagan este folio y medio de terapia personal cada semana –es higiénico poder morir matando–, me reafirmo un día más en lo de país de mierda. Y lo voy a justificar hoy, miren por donde, con una bonita anésdota anesdótica. Una de tantas. Verán. Un niño de siete años, sobrino de un amigo mío, observando hace poco que varios de sus amigos llevaban camisetas de manga corta con banderas de varios países, la norteamericana y la de Brasil entre ellas –algo que por lo visto está de moda–, le pidió al tío de regalo una camiseta con la bandera española. «Van a flipar mis amigos, tito», dijo el infeliz del crío. Según cuenta mi amigo, el sobrinete bajó al parque como una flecha, orgulloso de su prenda, con la ilusión que en esas cosas sólo puede poner una criatura. A los diez minutos subió descompuesto, avergonzado, a cambiarse de ropa. El tío fue a verlo a su habitación, y allí estaba el chiquillo, al filo de las lágrimas y con la camiseta arrugada en un rincón. «Me han dicho que si soy facha o qué», fue el comentario. Siete años, señoras y caballeros. La criatura. Y no en el País Vasco, ni en Cataluña, ni en Galicia. En la Manga del Mar Menor, provincia de Murcia. Casualmente, y sólo una semana después de que me contaran esa edificante historia infantil, otro amigo, Carlos, gerente de un importante club náutico de la zona, me confiaba que ya no encarga polos deportivos para sus regatistas con el tradicional filetillo de la bandera española en las mangas y en el cuello. «En las competiciones con clubs de otras autonomías –explicó– están mal vistos.» Dirán algunos que, tal y como anda el asunto, podríamos mandar a tomar por saco ese viejo trapo y hacer uno distinto. Al fin y al cabo sólo existe desde hace dos siglos y medio. Podríamos encargarle una bandera nueva, más actual, a Mariscal, a Alberto Corazón, a Victorio o a Lucchino. O a todos juntos. Pero es que iba a dar igual. Tendríamos las mismas aunque pusiéramos una de color rosa con un mechero Bic, un arpa y la niña de los Simpson en el centro; y en las carreteras, el borreguito de Norit en vez del toro de Osborne. El problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió. A todos nosotros. A los ciudadanos de este país de mierda."
Arturo Pérez-Reverte
Como veis, ambos textos son patente de corso de D. Arturo Pérez-Reverte, al que ya he dedicado alguna que otra línea en este blog. Y como entendéis, no es D. Arturo persona de hacer prisioneros, ni falta que le hace. El caso es que ahora vendrá algún lector, seguramente más tolerante, democrático y solidario que yo, y me pondrá a caldo en algún comentario, soliviantado no sólo por las palabras del escritor cartagenero sino por mi firme adhesión a ellas, cosa que en este momento hago pública. Como hago público que estoy hasta los mismísimos de la dictadura de lo políticamente correcto, de la farisea discriminación positiva, de los sinvergüenzas que se llenan los bolsillos a su costa y de los necios que los sustentan.
Más ancho que largo, oigan.
¿Frecuencia modulada o modelada?
Publicado por J. en 11/03/2008 10:51:00 a. m.
“A través de las enormes distancias espaciales, unas mentes que son a las nuestras como las nuestras a las de las bestias, unos intelectos vastos, fríos y crueles, miraban a la Tierra con envidia, y lenta pero inexorablemente fraguaron planes contra nosotros”Así comenzaba la narración radiofónica que, sobre el texto original de H. G. Wells, estremeció a Estados Unidos hace ahora 70 años y 4 días. El 30 de octubre de 1938, el cineasta norteamericano Orson Welles retransmitió una adaptación de la novela La guerra de los mundos tras tomar la palabra de un locutor de la CBS, y millones de estadounidenses creyeron, presas del pánico, que los extraterrestres invadían nuestro planeta. Mucho antes de terminar el programa, en todo el territorio de EEUU había personas rezando, llorando y huyendo frenéticamente para no encontrar la muerte a manos de los alienígenas. Algunos corrieron en busca de seres queridos, otros telefonearon para despedirse o alertar a los amigos, informaron a sus vecinos, buscaron respuestas en las redacciones de los periódicos y las emisoras de radio, o avisaron a las ambulancias y coches de patrulla de policía. Por lo menos seis millones de personas oyeron la emisión y se calcula que más de un millón de ellas reaccionaron alarmadas.
Podéis encontrar más información en la wikipedia, e incluso descargaros el archivo original de audio, recreaciones en castellano (recomendado) o los guiones del programa de radio si buscáis un poco.
El caso es que he querido que esta efeméride me sirviera, al hilo de uno de los comentarios que un amable lector ha dejado en mi post anterior (en el que incluso me otorga el honor de convertirme en "colega" de Leguineche. Eso es un lector bueno. Spammer, pero bueno), para hablar de la radio. Ego confeso: adoro la radio. La radio es a la tele lo que los libros a las pelis, o lo que el erotismo al porno. Es imaginación, cercanía, complicidad... He pasado años literalmente enganchado a La Rosa de los Vientos (D.e.P., MAESTRO Cebrián), Si amanece nos vamos o A cielo abierto, paseando mi infidelidad radiofónica por el dial y aprendiendo que hay otras maneras de hacer periodismo de información y entretenimiento más allá de los talibanes mañaneros de la diestra y la siniestra y de las pestilentes radiofórmulas. Esta entrada no es otra cosa que un homenaje de agradecimiento a aquellos que me han acompañado en tantas horas de vigilia, además de un abrazo solidario al equipo de La noche menos pensada. En este país, en cuanto se te ocurre pensar por ti mismo, te arrean un garrotazo.
ONCE
Publicado por J. en 10/28/2008 04:17:00 p. m.
Escucho Fast Car. Fuera el cielo se cae a pedazos mientras Tracy sueña "I got no plans I ain't going nowhere So take your fast car and keep on driving", y su voz me ofrece la calidez de un refugio en la tormenta. Algunas personas son exactamente eso: una hoguera cuando el frío te parte los huesos o un abrazo cuando la soledad te trae el miedo de estar solo. Hace unos días vi la película Once. Sería, como dice un buen amigo, gastar pilas pa´na´el sepultaros con datos de su ficha técnica o enumerar los galardones que obtuvo el año pasado en distintos festivales y categorías. Podéis acudir a su web oficial o rebuscar un poco en la Red. A pesar de ser una peli "pequeña", su éxito ha sido mayor (aun a pesar de su sesgada distribución comercial) y es sencillo encontrar críticas en foros y webs de cine. Tampoco os voy a hablar del argumento, de la pareja protagonista o de su banda sonora. Lo cierto es que no os voy a hablar de nada más. Llevo días sin poder escribir algo medianamente decente y me falta valor para hacer desfilar por estas líneas a una de las mejores películas que he visto en los últimos años. Acabaría manchándola, como todo lo que toco. O rompiéndola, como todo lo que toco.
Papá, mamá... Yo quiero ser El Duque.
Publicado por J. en 10/16/2008 03:20:00 p. m.
Dostoievski, Borges o Neruda en literatura; Kubrick, Buñuel o Wilder en cine; Bowie, The Beatles o Pink Floyd en música... Cada cual es libre de seleccionar sus referentes, de acercar a su formación humana el ascua de una u otra hoguera, de aprehender más allá de aprender. El problema surge cuando el abanico de elecciones se reduce a un puñado de escoria y se agrava por la falta de criterio del que elige. El resultado no es otro que la deformación, que la involución hacia el desconocimiento. Los pilares de cada uno de nosotros se construyen en nuestra pubertad, prisioneros de una adolescencia que nos transmuta en esponjas superabsorventes precisamente cuando más frágiles somos. Nuestros jóvenes aprenden poco a poco a normalizar comportamientos vacuos, estúpidos y faltos de cualquier asiento moral. Miras a tu padre, que se deja el alma en la obra desde las siete de la mañana para pasarlas canutas a fin de mes cuando a ti te pueden pagar millonadas por enseñar las tetas en Interviu, y el camino al éxito social es una alfombra rosa cuando escupes que te has acostado con no sé qué folclórica jurando mil veces que no es un montaje sino amor verdadero transoceánico. Cualquier chaval de secundaria es incapaz de citar a tres premios Nobel de cualquier categoría, de cualquier nacionalidad, pero recita la lista de concursantes de Gran Hermano sin esfuerzo, y además se congratula de poder hacerlo. El héroe no es el científico, sino el narcotraficante que presume de coches y chicas guapas una vez a la semana en Prime Time. Hoy los referentes sociales son un puñado de descerebrados, incultos o delincuentes, y hacemos poco o nada por evitarlo. El esfuerzo, el trabajo y el talento agonizan: se impone el todo vale y el camino fácil y cómodo. El germen lo ponemos nosotros, los adultos. En unos años, la cosecha no precisará de herbicidas o insecticidas. La cosecha misma será la plaga.
Existir existo, así que ya pensaré luego.
Publicado por J. en 10/11/2008 04:13:00 p. m.
Don Leopoldo Abadía es un ingeniero industrial de 75 años que escribe un blog (como casi todo el mundo) muy interesante (como casi nadie) sobre economía desde hace algunos meses. Lo que era un mero pasatiempo para el Sr. Abadía se está convirtiendo en uno de esos fenómenos de Internet que afloran cada poco como setas de temporada. La diferencia es que esta vez, en lugar de un chaval japonés gordito que canta canciones de ABBA embutido en un traje de Pikachu, es un hombre sabio y coherente el que expone sus reflexiones para el disfrute de aquellos que gozamos aprendiendo. Podría hablaros un poco más del blog (os aconsejo especialmente la lectura de esta entrada) de D. Leopoldo, de su diccionario financiero y sus teorías nada peregrinas, o de la repercusión que su forma de entender el mercado global está teniendo en medios de comunicación y distintos estamentos, pero lo mejor es escuchar cómo él mismo explica lo de los ninjas, las subprime y lo de los ahorros que tienes en tu banco. Perdón, los que pensabas que tenías en tu banco. En esta entrevista, además de su sabiduría nos regala su humildad. Es curioso lo de algunas parejas de conceptos, que parecen inherentes para lo bueno y para lo malo. Exactamente igual que otros tipos de parejas.
El orden establecido
Publicado por J. en 10/11/2008 03:28:00 p. m.
Que el comunismo no funciona y no ha funcionado nunca es algo evidente. Que el liberalismo salvaje resulta en una espiral que condena a los pobres a la miseria más absoluta y favorece a unos pocos un mucho, debería ser a estas alturas igual de evidente. Entonces... ¿qué nos queda? ¿Democratizar el comunismo? No, ambos conceptos se repelen y sería una asociación de ideas contra natura. ¿Establecer mecanismos de control del capitalismo? Tampoco, porque el intervencionismo (estatal) castraría el concepto mismo del libre mercado. Además, y visto el nivel moral y la capacidad PROFESIONAL de nuestros gobernantes, que con esto de la maravillosísima globalización hemos dejado de saber quiénes son realmente, otorgarles aún más poder sería tan peligroso como darle una navaja de afeitar a un chimpancé borracho. ¿Y confiar en un organismo de control, ajeno e independiente de estados y grandes empresas? ¿No necesitaríamos entonces a alguien que controlara a los que controlan? Yo es que ya no me fío de nadie, la verdad. Y no me fío de nadie porque cada día se acrecienta la sensación de que esto no funciona, que esta crisis mundial es, o debería ser si somos capaces de aprender de nuestros errores, el ocaso de un concepto de mercado y, por ende, el momento de empezar a plantearse una nueva estructura social a todos los niveles. Hemos despreciado tantas alternativas (comercio justo REAL, fuentes de energía alternativas, inversión y apoyo a países desfavorecidos, conciencia ecológica, educación más allá del éxito socioeconómico...) que no nos ha quedado otra que asomarnos al abismo, abismo que en mi opinión va mucho más allá del meramente financiero, que supera a bolsas y bancos, que comparte su esencia con el hombre, con su estupidez y su avaricia infinitas. Es necesario un cambio, un nuevo orden, un planteamiento distinto antes de que esta ventana por la que miramos al universo se acabe colgando del todo.
Mellon Collie and the Infinite Sadness
Publicado por J. en 10/08/2008 07:01:00 p. m.
Billie Holiday y toda la lluvia del mundo cayendo sobre mí.
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